lunes, 21 de mayo de 2012

Al desnudo

Puedo cambiar de opinión unas veintisiete veces al día sobre el mismo tema. Me agobio cuando el metro está parado en medio de ninguna parte. Paso el día escuchando música, del tipo que sea. Hago listas de reproducción según los meses del año y cada una me trae siempre los mismos recuerdos. Me gustan las películas que te hacen llorar, y cuanto más dramática, mejor. No tengo hermanos, y eso influye mucho. En la mayoría de las ocasiones sólo sé mirar por mí misma, y me cuesta mucho desarrollar altruismo. Confío en muy pocas personas porque ya he recibido suficientes palos. Tuve un pez de pequeña. Mi madre se hartó de él y lo tiramos a un estanque en un parque. Creo que se lo comió una carpa, pero tampoco pondría la mano en el fuego. Me consideraba detractora del indie hasta que conocí a una persona que me enseñó otra forma de escuchar. Tengo un blog porque me gusta que las personas que me importan lo lean. Lo empecé como una terapia, y a día de hoy ya se ha convertido en parte inseparable de mí. Soy incapaz de aguantar mucho rato sentada con la espalda recta, y estoy pillando cada vez peores posturas. Soy bastante radical con mi ideología política, y creo que es una de las pocas cosas que podría defender hasta el último aliento. Considero que no sabía lo que era la amistad de verdad hasta que conocí a dos personas en la Universidad que a día de hoy son el centro de mi mundo. Tengo muchísimos complejos conmigo misma. Estuve cuatro años presa de trastornos alimenticios. A día de hoy puedo decir que estoy curada, aunque es algo que se supone que te acompaña toda la vida. Las personas a las que más admiro son mis dos abuelas, porque a pesar de no haber tenido las cosas fáciles, supieron salir adelante de la mejor forma posible. No soporto ningún tipo de religión. Me gusta estudiarlas, conocer sus creencias, sus ritos, sus instituciones, pero no creo en nada que no sea el ser humano. Soy muy escéptica con el mundo que me rodea. Creo que tengo sentido del humor pero me cuesta pillarle el punto a la comicidad de muchas personas. No soporto a la gente que no piensa. Tiendo a prejuzgar a las personas. Odio con todas mis ganas madrugar. Los fines de semana me gusta dormir quince horas diarias pero entre semana soy incapaz de conciliar el sueño por las noches y acabo durmiendo tres o cuatro horas al día. Me encanta bailar. Empecé a tocar el bajo para ligarme a una chica. Me salió bien. Tengo facilidad para querer a ciertas personas, pero me cuesta enamorarme. En la mayoría de los casos, prefiero dejar que las cosas sigan su propio curso a rayarme con ellas. Considero que Canadá es el mejor país del mundo, y espero vivir allí en algún momento. Me encantan los pingüinos. Tengo una obsesión con las cejas de la gente y me encanta contar lunares. Tengo muchos cambios de humor, a menudo propiciados por tonterías. No me gusta no entender lo que ocurre a mi alrededor. Tengo la manía de arañarme los costados de los pulgares. De pequeña quería ser modelo o actriz. Me gusta escribir. No dibujo demasiado bien, pero cuando me curro algo no me sale del todo mal. Nunca me quito el collar, un anillo y los pendientes. Sin ellos me siento muy desnuda. Muchas veces me quedo en stand by sin venir a cuento y me aíslo completamente del mundo que me rodea. No suelo enfadarme de verdad. Cuando estoy medio cabreada con alguien se me acaba olvidando y luego hablo con esa persona como si nada, o mantengo el silencio porque sé que algo me molestó pero no recuerdo el qué. Se me suelen olvidar muchas cosas pero siempre me quedo con anécdotas de lo más absurdo. (Los pingüinos son una de las especies con más familias homoparentales.) Por lo general, no puedo escribir si tengo música de fondo, porque me gusta centrarme en una de las dos cosas. Eso sólo me ocurre con la música y escribir. Soy incapaz de estudiar si no me he sentado de determinada manera. Soy de esas personas que aún estando borrachas pueden ocuparse de otras personas que también están borrachas. No suelo perder nada, y cuando pierdo algo me desespero. Estoy llena de contradicciones. Hay algunas personas que me ponen de los nervios sin motivo aparente. No puedo dormir si no estoy abrazada a algo (o alguien).

... Y esto es lo que hay. O lo tomas o lo dejas.

viernes, 18 de mayo de 2012

Cambio de planes

La procesión va por dentro. Todo lo que sientes, todo lo que te desborda, todo lo que te vacía. Todas y cada una de las partículas de tu ser se arremolinan, actúan como catalizadores de sí mismas, autónomas. Cada engranaje de tus ventrículos, cada recoveco de tus arterias. Se te llena de cal el hambre y de arena la saciedad. Te escondes, por inercia, detrás de una cortina de pelo y luchas por hacerte cada vez más pequeña. Por quedarte al margen, en el terreno de lo platónico, y dejar que los acontecimientos se desarrollen delante de tus ojos mientras te limitas a ser una espectadora de tu propia existencia. Ya no hay veinte metros entre tu aliento y el mío, ¿recuerdas? Ya no hay un kilómetro entre cada latido, ni millas marítimas entre nosotras. Hay un plural. 
Se te pierden los ojos en noviembres pasados, cuando todo lo que había era un vacío existencial con predisposición al horror vacui. Estabas demasiado acostumbrada a eso como para hacerte a una realidad de la que eres partícipe y protagonista, ¿verdad? A veces te saturas pensando que sería más fácil que hubiera un manual de instrucciones para saber qué me pasa por la cabeza cuando me sumo en un silencio de cementerio. No te preocupes. Si algo sabes es que todo llega. Y tienes paciencia. 
Escuchas mil voces y sabes distinguir la que te interesa por encima del gentío. 
No me hagas mucho caso, es tarde y tengo el cerebro abotargado, empachado de ideas que no son mías y de palabras prestadas. A lo mejor debería dejar de escuchar esas canciones que alguien muy hecho mierda compuso alguna vez, irme a la cama, y olvidarme del latigazo sádico que me recorre la columna cada vez que intento dar un paso hacia adelante. Sin más. Mi procesión no puede ir por dentro. Porque por dentro moja más. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Y de repente apareció Silvia

Marina sigue caminando. No espera. Sigue adelante. Aunque sea ella sola. Va a seguir adelante hasta que no pueda dar un paso más, hasta que caiga rendida y tenga la certeza de que, a pesar de todo, el horizonte sigue quedando lejos. Va a seguir hacia adelante aunque sea lo último que haga. Porque se lo merece. Se merece seguir caminando. Se merece darse mil doscientas cincuenta y tres oportunidades al día, fallarlas todas, y aún así seguir sabiendo a ciencia cierta que está haciendo algo por sí misma. Que está dejándose la piel por ser quien quiere ser, y no quien los demás consiguen que sea. Aunque se deje las rodillas en carne viva de tanto caerse. Desollándose las manos para levantarse, una y otra vez. Porque no hay males que duren más que ella.

Silvia. Un soplo de aire cálido en medio de una tormenta gélida. Silvia y su risa, su manera de hacer que hasta el mayor de los problemas sea pura nimiedad. Silvia y sus ganas de caminar. Sus ganas de correr, de descubrir el mundo que las rodea y se empeña en hacerse cuesta arriba. Pero no importa. Marina sabe de sobra que no le faltan ganas de enfrentarse a lo que sea que se le venga encima. Silvia y su piel de porcelana, la vacuidad auditiva de su primer contacto, su cintura de vértigo, la suavidad de sus caricias, lo aterciopelado de su tacto. La inocencia primitiva de los primeros pasos, la musicalidad de su voz, la lucidez de sus palabras, la atenta paciencia de su escucha. Como si se fuera a acabar el mundo de no hacerlo. Silvia y sus sinestesias de tinta donde se deja hasta lo más profundo de sí misma, lo que ni siquiera sabía que podía contener un recipiente que en alguna ocasión quiso vaciar. Sus rimas en plena prosa. Su forma de leer a Marina en susurros porque sabe que aunque grite, no le gusta alzar la voz más que para unos pocos.

Silvia y sus ganas de comerse el mundo. Y Marina con ella.